Brasil: rompedoras de coco babasú y la importancia de la identidad
Brasil: Ariana Gomes es rompedora de cocos babasú y máster en antropología, titulada en 2024 por la Universidad Estatal de Maranhão. Su trabajo académico ha sido galardonado convirtiéndose también en un libro que ayuda a identificar, tanto sobre el terreno como en las políticas públicas de Brasil, la identidad múltiple de las rompedoras de coco indígenas del pueblo indígena Akroá Gamella.
La oficina en la que trabaja Ariana Gomes es pequeña. Mide unos 12 metros cuadrados y cuenta con una mesa en forma de "L", un ordenador portátil, impresora, silla giratoria, sofá de dos plazas y una pequeña estantería con libros. En la estantería viven un cactus y un potus, en dos macetas pequeñas. En una maceta más grande, en el suelo, sobresale una lengua de suegra o espada de San Jorge, verde y voluminosa. Justo encima de la espada, en la pared, un atrapasueños de ganchillo y algunas vainas secas del árbol sibipiruna completan la decoración del espacio profesional. Se sitúa en el ático de la residencia de Ariana en el municipio de Viana, en la llanura del estado brasileño de Maranhão, donde esta trabajadora social y máster en antropología compagina sus compromisos académicos y sus actividades como secretaria ejecutiva de la Red de Agroecología de Maranhão RAMA.
El trabajo y el espacio que encontré cuando llegamos para entrevistarla difieren del centro de su vida laboral, que conocíamos de Ariana previamente. Ella se identifica, en primer lugar, como rompedora de cocos de babasú. «Negar una identidad es negar tu pasado. Primero soy Ariana, la rompedora de cocos y después soy las otras cosas», dice. Ariana, que hoy tiene 37 años, se inició en el oficio de rompedora de cocos cuando aún era niña, junto a su madre, su abuela, sus tías y otras mujeres de la familia en la comunidad rural de Ludovico, en Lago do Junco, Maranhão, donde nació y vivió 21 años. Hasta que se mudó a Viana para trabajar como asesora en el Movimiento Interestatal de Rompedoras de Coco Babaçu (MIQCB).
«Cuando me preguntan “¿Eres de aquí [de Viana?]”, les contesto que estoy de paso. Aunque llevo más de 14 años [viviendo aquí], la verdad es que no se consigue crear una relación tan profunda como la que se tiene con el lugar donde una nació, donde está enterrado el ombligo. Siempre diré que allí [en Lago do Junco] es donde está mi territorio».
Los años que pasó en Ludovico, entre los árboles y los arroyos del Cerrado, con los juegos infantiles en el suelo de tierra, las labores del campo con sus padres y la tarea de quebrar cocos de babasú con su madre hasta la hora de ir al colegio, le dejaron profundas enseñanzas y un horizonte claro para su carrera profesional: ya fuera sentada en el suelo partiendo los cocos o en las aulas de las instituciones educativas, la palmera de babasú y el trabajo de recolectora y rompedora de cocos serían su eje.
La gran madre del Cerrado
Ariana proviene de un linaje de mujeres que han hecho de una palmera su identidad. Las recolectoras consideran la palmera de coco babasú como una gran madre, ya que obtienen de sus frutos, o mejor dicho, de toda su estructura, el sustento para mantener a la familia. Ser recolectora no es solo un oficio, sino una forma de ser y de estar en el mundo.
Del coco extraen la almendra, que se vende al natural, rallada y exprimida, como leche o prensada y transformada en aceite. Del mesocarpio o pulpa fibrosa intermedia del coco se obtiene un tipo de harina de la que se elaboran pasteles o un polvo nutritivo que se usa de base para preparar bebidas. De la cáscara que queda del coco se produce carbón, que aún hoy se utiliza en las cocinas de leña, algo todavía muy habitual en las zonas rurales de Maranhão. Con las hojas de la palmera se construyen los techos que cubren las casas de barro. Trenzadas, las hojas se convierten en cestas, tamices, sombreros, abanicos, puertas y mamparas móviles —como biombos— y otros objetos. Depende de la habilidad del artesano o la artesana. Sin las hojas, el tallo de la palmera aún puede transformarse en estacas para cercar huertos, establos y gallineros, o formar parte de la estructura de las casas, que luego se rellenará con barro. Y todo eso sin necesidad de talar ni una sola palmera. El coco cae cuando está listo y se recoge del suelo. También es posible cortar el racimo con los cocos aún adheridos, además de las hojas y los tallos. Si por alguna razón una palmera se cae, su tronco se convierte en abono para otras plantas.
«Tenemos esta relación de reciprocidad con la palmera. Ella nos da todo este fruto, todos estos beneficios, pero, a cambio, tenemos que cuidarla. Por eso muchas de nosotras, cuando vemos a alguien talando una palmera, lloramos. Porque existe esta relación de pertenencia y de cuidado. ¿Por qué voy a dejar morir a una persona que siempre me ha proporcionado sustento?»
El babasú está a salvo gracias a las recolectoras
Ariana ha vivido y sigue viviendo de cerca la reivindicación de las recolectoras por garantizar que los bosques de babasú permanezcan libres y en pie en Maranhão. Lago do Junco se encuentra en una región conocida como Mata dos Cocais (bosque de los cocales), una zona de transición entre los biomas de la Amazonía, el Cerrado y la Caatinga, que abarca los estados de Maranhão, Piauí y partes de Pará, Ceará y Tocantins. Debido a su mayor resistencia frente a otras especies vegetales, la palmera de babasú ha prevalecido en la región, garantizando el sustento, de generación en generación, de miles de familias campesinas, indígenas y quilombolas.
Sin embargo, desde la década de 1970, el acceso a los palmerales y al coco babasú como fuente de alimento e ingresos para las familias comenzó a verse restringido por la acción de la élite política y agraria de Maranhão. La legislación sobre la propiedad de la tierra y los incentivos públicos favorecieron la compra de grandes extensiones de terrenos públicos por parte de grupos económicos tanto de dentro como de fuera de Maranhão. Estos grupos pudieron incluso acceder a fondos públicos para implantar monocultivos y pastos para el ganado. El problema es que en esas tierras vendidas a los grandes terratenientes —y muchas de ellas literalmente invadidas por ellos— vivían pueblos y comunidades tradicionales que producían ya desde hacía generaciones. Así comenzó una escalada de violencia en el campo, con vallados y talas de los bosques de babasú, imposición de un régimen de pago de foros, pistoleros, persecución, humillaciones, asesinatos y expulsión de las familias de sus territorios tradicionales.
«Oye, no cortes esta palmera. Oye, no devores los palmerales», exhorta una conocida canción popular que entonan las recolectoras de coco en las rondas de recolección o en las manifestaciones públicas. Gracias a la resistencia de estas mujeres, que se niegan a ver cómo se vallan o talan los bosques de babasú, y a entregar el fruto de su trabajo de recolección de cocos para que los grandes terratenientes se apropien de él a través del pago del foro, los bosques de babasú siguen en pie hoy en día.
En Maranhão, Tocantins, Pará y Piauí se han promulgado leyes estatales, además de ordenanzas municipales, que prohíben la tala de las palmeras de babasú y garantizan el libre acceso de las recolectoras a los bosques de babasú, tanto en terrenos privados como públicos, para que puedan ejercer su oficio. En el documental Babaçu Livre, de 2000, sobre la lucha de las mujeres por sus derechos sobre los bosques de babasú, Ariana aparece de niña aún, con apenas 11 años, partiendo cocos y ayudando en las labores del campo junto a las mujeres adultas.
Máster con rebeldía
Desde las cicatrices en las manos hasta los recuerdos del día a día en los bosques de babasú, Ariana Gomes heredó algo más de la recolección de coco: la posibilidad de estudiar. «Estudié en la Escuela Familiar Agrícola de Educación Primaria», donde el alumnado pasa la mitad del mes en la escuela y la otra mitad en casa. «Así que, los 15 días que pasaba en casa, partíamos cocos para poder comprar la comida que tenía que llevarme. Cada estudiante aportaba una ración: tantos kilos de arroz, tantos de frijoles. Teníamos que contribuir para mantenernos los 15 días [en la escuela]. Me repartía el tiempo entre estudiar y romper cocos. Empezábamos a estudiar muy tarde. Aprendí a leer cuando tenía nueve años. Hoy en día, los niños de cinco ya están aprendiendo», cuenta Ariana.
Su madre, Alaice Gomes da Silva, fue una gran impulsora de los estudios, incluso en medio de las dificultades. En 2009, el padre de Ariana, Raimundo Nonato Alves da Silva, se fue a trabajar a las fincas del sector agroindustrial en Mato Grosso, donde vive hasta hoy, regresando de vez en cuando a la casa familiar en la comunidad de Ludovico, en Lago do Junco. Alaice asumió toda la responsabilidad de cuidar de los siete hijos, cinco chicas y dos chicos. «Si estudiaba por la tarde, partía cocos hasta el mediodía y luego iba al colegio. Si estudiaba por la mañana, por la tarde partía cocos. Siempre tuve ese compromiso de estudiar, pero también de trabajar, porque no queríamos ver a nuestra madre sola partiendo cocos y teniendo que mantener a tanta gente».
Licenciada en Trabajo Social por la Facultad de Maranhão (FACAM), Ariana Gomes defendió en 2023 su tesis de máster en la Universidad Estatal de Maranhão (UEMA) titulada «Coco y cocar: luchas, resistencias e identidades compartidas de las indígenas y recolectoras de coco Akroá Gamella en Viana, Maranhão». Al año siguiente, recibió el VII Premio Emanoel Gomes de Moura de Tesis y Disertaciones de la UEMA por la excelencia de su trabajo, que se publicó en forma de libro en 2025. La calidad del trabajo no deja entrever el doloroso proceso de iniciar los estudios de posgrado a partir de una profunda rebelión, como nos cuenta Ariana en la entrevista que le hacemos.
¿Por qué decidiste llevar a cabo el máster?
Mi decisión de cursar el máster fue un proceso de rebelión interna. Pensé: ¿para qué quiero cursar el máster? Lo que ya hago, lo que ya sé, quizá sea suficiente. Tenía, y sigo teniendo, esa visión de que el mundo académico [es un espacio] de colonización, de opresión, en el que suelen estar las personas que han tenido más oportunidades. Tenía mucho ese conflicto interno, [de pensar] «no voy a poder con ello, porque tengo que trabajar, tengo un hijo al que cuidar». Y entonces, cuando por fin pude hacerlo, tenía que basarme en una investigación que tuviera sentido para mí. Porque nunca fue por mi ego personal, por escribir, por el título de máster. Tanto es así que casi nunca menciono que soy máster. Para mí, el título no tiene importancia.
¿Cuáles fueron los retos a los que te enfrentaste durante el máster?
Fue todo un reto recuperar la memoria. La memoria de lo que yo viví, de lo que las mujeres vivieron antes que yo, del presente que ellas vivían en el día a día, de las recuperaciones, y también de la negación de una identidad que fortalecía y fortalece la lucha por la causa común, que es la lucha por el territorio.
¿Negación de qué identidad?
Tanto la de quienes se identifican como indígenas, como de aquellas que se identifican como recolectoras de coco e indígenas. ¿Qué problema hay en que se autodefinan con más de una identidad? Esa era una de las cuestiones que estaba investigando. Tratando de entenderlo para escribir y no poner en peligro la lucha de un pueblo. ¿Cómo voy a abordar esto? ¿Cómo voy a usar las palabras, o qué palabras no debo usar, para no poner en peligro una lucha colectiva, con un sentido colectivo? Ambas [indígenas y recolectoras] quieren que su territorio sea demarcado y titulado.
¿Cómo se manifestaba explícitamente esta cuestión de las identidades en el habla de las recolectoras?
Intenté plasmar el recuerdo de las recolectoras que decían: «Antes de que nos reafirmáramos como indígenas, ya luchábamos aquí [en los bosques de babasú]. Cuántas veces nos enfrentamos a Fulano, que estaba devastando el bosque de babasú a orillas del arroyo, e impedimos que la devastación continuara. Así que hoy estamos aquí contando nuestra historia porque alguien recuerda cómo fue, y porque alguien nos lo contó». Y eso es lucha, esa es la memoria que ellas traían. Y ellas decían así: «Pero lo que hablamos aquí no sirve, porque nadie lo escribe, y si no se escribe, no se nos recordará». Así que fui intentando plasmar esa memoria de lo que ellas contaban para que quedara registrado, para que quien lo lea en el futuro también sepa cómo ocurrió. Es una lucha que no empieza recién en 2013, con la recuperación étnica. Es una lucha, incluso, anterior a la lucha de las recolectoras. Es una lucha de los indígenas desde siempre, para sobrevivir a partir de esas estrategias. Incluso de la memoria de los silencios. Cuando se silencia, también es un punto importante que hay que registrar en esa memoria. ¿Cómo se registra el período de silencio de este pueblo como forma de mantenerse vivos y vivas? Todo eso intenté plasmarlo a partir de los relatos etnográficos.
Las retomadas de tierras más recientes de los indígenas Akroá Gamella comenzaron en 2013, con el proceso de autoidentificación. ¿Cómo se relaciona la lucha de las recolectoras de coco del pueblo Akroá Gamella con su trabajo?
Todo lo que iba leyendo contenía declaraciones de hombres que se autoidentificaban como indígenas. Me pregunté: ¿dónde está el otro pueblo organizado que está allí? ¿Qué otro colectivo hay allí? Cuando, en 2013, se produjo la auto-recuperación étnica, el movimiento [de las recolectoras de coco] ya estaba allí llevando a cabo un proceso de organización de las recolectoras desde su fundación, en 1990. Y entonces la lucha del movimiento, la lucha de las recolectoras, pasó a ser invisibilizada. Y ellas [manifestaban] una angustia muy grande. Y yo compartía esa angustia porque estaba allí, muy presente con ellas. Decían: «Vaya, ¿eso significa que no se nos reconoce, que no se nos ve solo porque tenemos este otro proceso de auto afirmación también como rompedoras de coco? No queremos entorpecer el proceso de demarcación». El Estado piensa que las identidades están separadas. Si eres indígena, solo eres indígena. Si eres quilombola, solo eres quilombola. Entonces las políticas públicas también son violentas y racistas, en cierto modo, porque solo conciben las identidades de forma rígida. Decían que estaban ahí para sumar, y no para dividir. Creemos que en el proceso de organización, podemos unirnos y fortalecer esta lucha por el territorio.
¿Cómo fue el proceso de búsqueda bibliográfica?
En mi trabajo utilizo relatos etnográficos. En antropología, y sobre todo en el programa que cursé, Cartografía Social, se tiene muy en cuenta esa relación entre quien investiga y quien es investigado. Existe esa relación [bibliográfica] con escritores y grandes pensadores, pero la esencia proviene del territorio, el conocimiento proviene del territorio. Utilizo a los autores [clásicos], pero también he intentado incluir a escritores que ya han investigado, como Ana Mendes, Davi Pereira Júnior, de Alcântara, Meire Diniz, del Cimi Maranhão, y Silmara Moraes, de CPT Maranhão. Los autores que he incluido son nuestros autores, gente como nosotros. He intentado darles prioridad para valorizarlos y mostrar que nosotros también, como pueblo, como personas que venimos de las comunidades, también somos capaces de escribir bien, al igual que esos autores de renombre, pero que a veces no tienen relación con el propio territorio y utilizan nuestras investigaciones para ganarse un nombre y títulos. Sin perder el rigor, somos capaces de hacer un trabajo a partir de esos recuerdos y vivencias.
¿Qué recuerdos tienes de la lectura en tu infancia?
De hecho, la semana pasada estaba ordenando unos libros y recordaba: hoy tengo una biblioteca, pero mi infancia no fue de lecturas, no teníamos oportunidad de comprar un libro. Y tampoco los ofrecían en las escuelas. Como mucho tenías algún libro de texto, pero no era habitual tener libros en casa. Y a mí siempre me gustó leer. Así que cualquier libro que tuviera la oportunidad de leer, me sentaba debajo de un árbol, que todavía hoy está ahí en casa, y me ponía con las piernas en alto a leer. No crecí en el mundo de la lectura. Y eso supone una dificultad cuando vas a la universidad, porque vas a competir con personas que provienen del mundo de la lectura, que crecieron rodeadas de libros, con herramientas de investigación, con Internet. Nosotros no teníamos nada de eso. Hoy tengo el privilegio, después de tantos años, de poder tener libros. Mi hijo también tiene ese privilegio desde pequeño, el de disfrutar de la lectura y de tener libros.
¿Cuál es tu identidad?
Mi identidad es la de rompe-cocos. El [antropólogo] Alfredo [Wagner] siempre dice que ser rompe-cocos no solo tiene que ver con el acto de romper, sino también con el origen de quien proviene del territorio y con la lucha en defensa de los bosques de babasú. Lo que hago hoy es en defensa de los bosques de babasú, de las rompedoras, de los territorios y de las políticas públicas para las rompedoras de coco. ¿Y por qué no me voy a identificar como rompedora si tengo esas raíces en los bosques de babasú, si cuento su historia, si toda mi familia son rompedoras de coco? ¿Tengo un trabajo con contrato formal, hice un máster, soy profesora, y por eso ya no soy recolectora de coco? Negar una identidad es negar tu pasado. Primero soy Ariana, la recolectora de coco, y después soy las otras cosas.
¿Cómo era su relación con las recolectoras durante la investigación?
Esa fue una cuestión muy delicada durante el periodo de investigación. Antes incluso de empezar la investigación, les presenté el proyecto. Les pregunté: ¿les parece bien así? Estuve preocupada todo el tiempo, porque hablar de los Akroá Gamella no es fácil, dada la complejidad de entender a esta comunidad, entender las relaciones en el territorio y la multiplicidad étnica. Tenía que lidar con las rompedoras, lo cual para mí era muy sencillo, y lo es, pero también lidar con el Consejo [de los Indígenas Akroá Gamella], que está formado por varias personas, varias mentes con varios pensamientos. Desde el momento en que llego al territorio, estoy ahí como investigadora, y eso ya tiene un poder simbólico. Rosa [Gregória, rompedora de cocos] dijo algo así: «mira, tú eres rompedora, pero aquí, cuando vienes como investigadora, te vamos a ver como investigadora». Para ellas, la investigadora no es alguien a quien puedan contarle todos los secretos, los asuntos internos, los conflictos. Sería diferente si fuera allí solo como asesora del MICQCB, o solo como rompedora de cocos. Esas relaciones son diferentes. Tienen miedo de que las engañen, de que interpretemos y escribamos algo que no sea exactamente como ella dijo, y que eso genere conflicto.
¿Cómo lo solucionaste?
Cuando iba, les avisaba de que iba a ocuparme de la investigación, así que me trataban como investigadora. Es obvio que fue mucho más fácil porque ya tenía experiencia con ellas, de ir a la cosecha de coco con ellas, así que me decían: «Mira, esto sé que lo sabes, pero esto no lo pones [en la investigación]». Es como decir: «Eres [una de nosotras], pero no lo eres». Fue muy importante, porque, en primer lugar, tengo que saber diferenciar mi papel de investigadora, pero yo también formaba parte de esa lucha. Estuve con ellas en varios momentos muy difíciles de sus vidas, de la gente, hasta el punto de que creer en la lucha me puso en situaciones de riesgo. Pero nos mueve la relación de confianza, la militancia, y eso viene de sentirme parte de ello. Antes de dar por concluida [la investigación], de presentarla como tesis final, la presenté ante el Consejo de los Indígenas y también se la presenté a ellas. Llevé la pancarta con los mapas que se habían elaborado y la dejé en el territorio. Llevé dos copias de la tesis, una para las rompedoras, una para el Consejo.
¿Cómo es su relación con la palmera de coco babasú?
Lo primero es que, si no existiera la palmera, no existiría la recolección. Se trata, pues, de una relación de existencia, de esa identidad que se materializa en el movimiento, algo que Alfredo Wagner también refleja en sus textos. Y a partir de varias mujeres organizadas surge un gran movimiento, que es el Movimiento Interestatal de las Recolectoras de Coco Babasú, el MIQCB. Las mujeres pertenecen al babasú, al igual que los babasúes pertenecen a las mujeres. No en el sentido de la propiedad privada, como la que tienen los agricultores y ganaderos. Entre las rompedoras, las relaciones son colectivas. No queremos el babasual solo para nosotras, ni que esté cerrado. Queremos que el babasual sea libre. Y quien quiera utilizar ese bien común, que es la palmera, que lo utilice, ya sea el coco para romperlo y usar la almendra para hacer aceite, para hacer grasa, para hacer leche, ya sea el mesocarpio [ la corteza interior] para hacer harina de babaçu, ya sea el agricultor, que necesita la hoja seca de la palmera para cubrir su casa.
¿Cómo afecta hoy en día la industrialización del coco babasú a la vida de las recolectoras?
Muchos de los productos que da la palmera ya son objeto de la codicia de los agricultores. Hay un gran supermercado en Codó (Maranhão) que explota la mano de obra de las recolectoras para comprar las almendras y producir jabón. Explotan la mano de obra de las recolectoras de otras muchas regiones de Maranhão y Piauí. De hecho, hay un barrio en Codó llamado Bairro Novo, formado por mujeres que fueron expulsadas [por el empresario propietario del supermercado] de sus territorios y que hoy viven en las afueras de la ciudad. El MIQCB trabaja con estas recolectoras. Esa visión del uso del babasú como un producto que genera beneficios no es la misma que tienen las recolectoras. Se corre el riesgo de que quieran patentar productos, el aceite, el mesocarpio, produciendo otros alimentos que quizá ni siquiera tengamos la oportunidad de consumir.
¿Crees que has alcanzado el objetivo que te habías marcado con tu tesis de máster?
Creo que el objetivo del proyecto se va cumpliendo a lo largo del proceso, que es que la tesis sirva no solo para la reflexión interna, la autoorganización y la comprensión de las pertenencias, sino también como base de reflexión para el equipo del grupo de trabajo contratado por la FUNAI para elaborar el informe antropológico. La tesis también está sirviendo de base de reflexión para ese grupo, la están utilizando. Ya he hablado con el antropólogo que coordina el grupo de trabajo para explicarle que las recolectoras no pueden quedar invisibilizadas, porque esa lucha por el territorio se ve como una lucha de hombres, pero no lo es. Es una lucha colectiva, y las mujeres deben ser visibles, incluso cuando están en la cocina preparando la comida, porque si no hay comida, tampoco hay lucha para quienes están allí en la BR [en las protestas]. Quienes están en la cocina también luchan por el territorio. Y no solo las recolectoras que se encuentran en aldeas auto declaradas, sino también las demás que están en los alrededores. Los propios mapas que he elaborado servirán de base para pensar en este territorio demarcado con los propios pies.
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La publicación de este texto es fruto de una colaboración entre Salva la Selva/ Salve a Floresta – Rettet den Regenwald e.V. y el sitio web periodístico Brasil de Fato, donde se publicó originalmente la entrevista, conducida por el periodista Felipe Durán.
En portugés, quebradeira de coco babaçu
Fundación Nacional para los Pueblos Indígenas de Brasil, que está elaborando el informe antropológico sobre el pueblo indígena Akroá Gamella.
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