La naturaleza en el horno

Monocultivo de árboles Producción industrial de biomasa

13 mar. 2012

Documentos del Movimiento Mundial de los Bosques Tropicales, Salva la Selva, el Grupo ETC y el Grupo Semillas. El perfil de los nuevos engaños, y de una resistencia que también crece. La problemática del “cultivo de biomasa y su utilización”, es una engañosa receta contra la crisis climática.

Crisis climática y biomasa: una discusión urgente

Los seres humanos han utilizado la biomasa para producir energía desde tiempos inmemoriales de forma sostenible. Por otro lado, la industrialización está terminando con las reservas de combustibles fósiles y ésta es la causa de la búsqueda frenética de otras fuentes de energía. Las bioenergías se basan en la producción de energía a partir de materia viva, la biomasa.

La biomasa es materia viva como árboles, arbustos, hierbas, granos, algas, microbios y también residuos vegetales.

Los acuerdos del protocolo de Kyoto dieron lugar en Europa a políticas como la Directiva de Energías Renovables, aprobada en diciembre de 2008 por el Parlamento Europeo. Ésta tenía como objetivo diversificar las fuentes de energía, pero también abrir nuevos mercados globalizados para la agricultura industrializada europea. Se promovió un boom de bioenergía a escala industrial en muchos países del continente.

En la actualidad, dos tercios de la energía llamada renovable provienen de la biomasa, en la Unión Europea. Las otras energías renovables —solar, eólica, hídrica y otras— aportan sólo un tercio. La Comisión Europea pretende que antes de 2020, el 14% de toda la energía de la Unión Europea proceda de biomasa. La materia prima no será precisamente —como se dice a menudo— residuos, sino madera, y también aceites vegetales y biogás. El 75% de los subsidios para las energías renovables está destinado a la biomasa y los biocombustibles. Los demás se reparten entre la energía solar y eólica.

Esto sucede a espaldas de la opinión pública. Las informaciones son parcializadas al vender los beneficios de la economía verde, con la que se pretende continuar creciendo sin límite en lugar de concretar medidas sólidas de ahorro y eficiencia energética.

Renovable es lo que siempre vuelve a crecer, y sostenible es lo que manteniéndose diverso y productivo, no impacta negativamente sobre el medio. Pero al contrario de lo que se suele afirmar, ninguno de estos conceptos aplica a una economía globalizada y a un uso energético masivo y siempre creciente, ni a los impactos ambientales y sociales de este modelo económico.

Los supuestos beneficios de la generación de electricidad a partir de biomasa forestal son la disponibilidad ilimitada de la madera, el aprovechamiento de los residuos de la poda y el mantenimiento de los bosques, la forma limpia de producción o la neutralidad en términos del ciclo de carbono.

Pero no nos engañemos: no hay deshechos forestales capaces de abastecer la demanda energética que se requiere para producir energía para todas las centrales eléctricas de biomasa que se están instalando. La producción global de pastillas de madera [conocidas como pellets] era de unos 10 millones de toneladas en 2008 y se estima que se duplicará en los próximos 4-5 años. Se prevé un crecimiento anual global del 25 al 30% en los próximos 10 años, según la organización británica Biofuelwatch. Este gran crecimiento en la demanda de madera para la producción de electricidad impacta los bosques de Europa, Norteamérica y Rusia y obliga a muchos países a importar la materia prima de países productores del Sur global.

La demanda europea prevista de madera para la producción de energía eléctrica y calor es de 700 millones de metros cúbicos anuales de madera. Ya la industria maderera, del mueble, o la producción de pulpa de celulosa y papel, requieren anualmente de 500 millones de metros cúbicos de madera. La FAO afirma que, para 2020, Europa sufrirá una escasez dramática de unos 400 millones de metros cúbicos anuales de madera.

La demanda de madera importada significa una carrera por el uso de las tierras productivas, y el desplazamiento de pueblos indígenas y campesinos de los bosques en beneficio de las empresas productoras de la madera como materia prima industrial. La neutralidad en términos de carbono es igualmente cuestionable y no se sustenta sobre ninguna base científica sino en cálculos hechos a conveniencia.

Países como Suecia, Gran Bretaña o Alemania experimentan un desarrollo sin precedentes de la generación de biomasa a gran escala. Los planes de Gran Bretaña significan un consumo de 50 a 60 millones de toneladas de biomasa por año, repartidas entre varias centrales de biomasa planificadas, en construcción o ya instaladas. Pero Gran Bretaña produce tan sólo de 8 a 9 millones de toneladas de biomasa seca por año. Conclusión: tendrán que importar el resto.

Lo que se presenta a la opinión pública como un cambio benigno y benéfico, de la energía fósil a la renovable, es en los hechos un despojo global de los recursos naturales del Sur para el Norte que profundizará la injusticia y empeorará la pobreza y el hambre.

Guadalupe Rodríguez
Salva la Selva, guadalupe@regenwald.org

 

Plantaciones de árboles para carbono y biomasa. Un nuevo ciclo de expansión

En el contexto de los esfuerzos que realiza Brasil para convertirse en una potencia económica mundial, el Secretario de Asuntos Estratégicos del nuevo gobierno de la presidenta Dilma Roussef ha publicado un nuevo informe al cual tuvieron acceso los medios brasileños en marzo de este año. El informe anunciaba que la nueva política gubernamental consistía en duplicar el área destinada a plantaciones de árboles hasta llegar a 15 millones de hectáreas, haciendo pasar de 7 mil millones a 25 mil millones de dólares la participación del país en el mercado. Mientras el primer ciclo de expansión se refería especialmente a la producción de celulosa y papel, esta vez el gobierno apunta a expandir las plantaciones para otros fines. El problema más urgente es que para lograr ese objetivo se necesitan miles de millones en subsidios, más de lo que el gobierno está dispuesto a aportar.

En ese sentido, la atención internacional que concita la crisis climática permite al sector empresarial y al gobierno presentar bajo un ángulo diferente la necesidad de subsidios, especialmente para plantaciones “renovables” de carbono, que sin embargo aportan dudosos beneficios climáticos. Por ejemplo, en el estado de Minas Gerais la compañía Plantar fue una de las primeras en ofrecer créditos de carbono a través de un proyecto MDL (Mecanismo de Desarrollo Limpio) basado en plantaciones renovables de eucaliptos que, irónicamente, están destinados a ser quemados, con lo cual devolverán a la atmósfera todo el CO2 que habían almacenado. El carbón resultante es la fuente de energía de la fundición de hierro de Plantar.

Otro ejemplo son las empresas Fibria y Suzano Papel e Celulose, que piensan vender créditos de carbono gracias al carbono almacenado en sus plantaciones, por intermedio del Chicago Climate Exchange (CCX), un sistema bursátil para comercializar créditos de carbono, fundado en 2003. Una vez más, este mecanismo se refiere a los depósitos temporales de carbono, y no a los permanentes, que es lo que se necesita para combatir la crisis climática. El gobierno brasileño también ha intentado obtener subsidios por medio de un nuevo instrumento aprobado a nivel de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), llamado “bosques en extinción”. Este instrumento permitiría que las viejas plantaciones de árboles recibieran dinero del mercado de carbono para que pudiesen ser replantadas.

Una de las últimas novedades es el proyecto de Suzano Papel e Celulose de realizar grandes plantaciones de eucaliptos para producir biomasa de madera en el nordeste de Brasil. Suzano es una empresa privada que funciona desde hace 85 años. Es el segundo productor de pasta de madera del mundo, con cinco fábricas de celulosa en Brasil, ubicadas en los estados de San Pablo y Bahía, que produjeron en 2008 2 millones 700 mil toneladas de pasta y papel. Hoy en día controla 722 mil hectáreas de tierra donde hay 324 mil hectáreas de plantaciones de eucaliptos, en los estados de Bahía, San Pablo, Espíritu Santo, Minas Gerais, Tocantins y Maranhao. La empresa tiene el ambicioso plan de llevar a 7 millones 200 mil toneladas su producción de pasta para papel, por medio de tres nuevos complejos industriales: uno en cada uno de los estados de Maranhao y Piauí, y el tercero en un lugar aún no especificado.

Las plantaciones para biomasa de Suzano. Suzano tiene planes aún más ambiciosos: invertir en un nuevo tipo de plantaciones, las plantaciones para biomasa. Para lograrlo, el Grupo Suzano creó, a mediados de 2010, una nueva empresa llamada Suzano Energia Renovável (Suzano Energía Renovable). La inversión propuesta es de mil 300 millones de dólares e incluye cinco unidades de producción de pellets de madera, con una capacidad de producción total de 5 millones de toneladas de ese combustible de biomasa. La primera etapa consiste en adquirir tierras y construir tres unidades de producción de pastillas de madera (de un millón de toneladas cada unidad), las cuales empezarían a funcionar en 2013. Suzano espera lograr un ingreso líquido de 500 millones de dólares en 2014, y ya ha asegurado contratos de venta por 2 millones 700 mil toneladas. En agosto de 2010, Suzano y la empresa británica MGT Power Ltd firmaron una carta de intención en ese sentido.

No se ha publicado información alguna sobre la ubicación exacta que tendrán esas plantaciones para biomasa en el Nordeste de Brasil, ni sobre la cantidad de hectáreas que será necesaria; sin embargo, en 2009 se realizaron plantaciones de prueba de eucaliptos y acacias en Piauí y Maranhao. El director de la compañía, André Dorf, declaró en 2010: “ya hemos realizado la prospección de las tierras y el proceso de adquisición continuará este año”, y afirmó también que el Nordeste “[...] tiene nuestra preferencia debido a la proximidad de importantes puertos que facilitan el flujo de la producción, dado que nuestro objetivo es aprovisionar el continente europeo”.

Las plantaciones para biomasa son muy diferentes de las plantaciones para la producción de celulosa. El ciclo de rotación es de dos o tres años, en lugar de los siete años habituales, y la densidad de la plantación es mayor. Contrariamente a las plantaciones para la producción de pasta y papel, que requieren un máximo de celulosa y un mínimo de lignina (el “adhesivo” del árbol), las plantaciones para fines energéticos requieren un máximo de lignina. Según el director André Dorf, se necesitan unas 30 mil hectáreas para producir un millón de toneladas de pellets de madera. Considerando que Suzano pretende producir 5 millones de pastillas de madera por año, necesitará un total de 150 mil hectáreas de tierra.

La adquisición de tierras para la plantación de eucaliptos para celulosa ya está provocando problemas en el Nordeste de Brasil. En esa región, por ejemplo, las comunidades quilombolas siguen peleando para que sean reconocidos sus derechos sobre sus territorios tradicionales. Inaldo Serejo, coordinador de la Comisión Pastoral de la Tierra (CPT) de Maranhao, afirma en una entrevista que “se está produciendo una expansión en Maranhao; por ejemplo, compañías como Suzano Papel e Celulose han estado comprando inmensas extensiones de tierras, hoy ocupadas por comunidades tradicionales, para plantar eucaliptos”. Por consiguiente, cabe suponer que los problemas aumentarán con la expansión de las nuevas plantaciones para biomasa.

La resistencia al monocultivo para biomasa en Brasil. El Movimiento de Pequeños Agricultores (MPA), uno de los principales movimientos campesinos del Nordeste de Brasil, y los miembros de La Vía Campesina Brasil, luchan desde hace años contra la expansión de los monocultivos de árboles, realizando manifestaciones y otras acciones de protesta. Raul Krauser, de la coordinación nacional del MPA, explica las razones de esa resistencia: “La expansión de los monocultivos de eucaliptos ya ha acumulado una lista de impactos sobre las vidas de los campesinos: adquisición de grandes campos improductivos que deberían ser destinados a la reforma agraria; aumento del precio de la tierra en toda la región; las compañías están rodeando a las comunidades campesinas y las presionan para que vendan sus tierras; las familias tienen miedo de quedar aisladas en una zona de plantaciones y, debido a la persecución de las empresas y las élites locales, venden sus tierras; las economías locales empeoran, aumentan el hambre, la violencia y el deterioro social; las organizaciones que se oponen a esta expansión son criminalizadas por las empresas y por el ‘Estado brasileño’, que les da subsidios, incentivos fiscales, apoyo económico, militar, jurídico y hasta moral, con lo cual hace creer que quien está en contra de esos mega-proyectos también está en contra del desarrollo. Si se considera la fragilidad del bioma de la caatinga, las previsiones sobre el cambio climático para la región [...] los impactos en el Nordeste van a ser mucho más fuertes que los que hemos visto en otras regiones del país. Se prevé que algunas comunidades campesinas quedarán destruidas, lo cual provocará de inmediato una disminución de la producción de alimentos que hará peligrar el abastecimiento local, de modo que la sociedad entera se verá afectada”.

Krauser también dice: “Estamos totalmente en contra de esta expansión; si bien la quema de madera se considera menos contaminante, la producción de esa madera es muy peligrosa y muy mala para la vida de los campesinos y demás comunidades, mala para el desarrollo del país. Tenemos casos suficientes para probar que, donde entra el monocultivo de árboles, aumentan el hambre, la miseria, las desigualdades sociales. El supuesto desarrollo sustentable no va con el monocultivo de árboles en los países tropicales. Lo que cuentan las compañías es pura ilusión”.

Según las últimas informaciones publicadas en el sitio web de Suzano, el informe sobre el primer trimestre de 2011 dice que “La empresa está evaluando alternativas para estructurar el capital de Suzano Energía Renovável”; esto es señal de que la empresa todavía no ha logrado financiación suficiente para ejecutar plenamente el proyecto.

Consideraciones finales. Como lo muestra la experiencia de Brasil en cuanto al monocultivo industrial de árboles, la expansión de dicho modelo tiene grandes posibilidades de provocar conflictos. En el caso del Nordeste, los principales problemas son la expulsión directa e indirecta de los campesinos locales que pueblan la extensión de 150 mil hectáreas destinada a las plantaciones, y la pérdida de recursos hídricos que provocarán dichas plantaciones de crecimiento rápido. Éstas serían probablemente las primeras plantaciones comerciales, de Brasil y del mundo, con un ciclo de rotación tan corto. Y todo eso en una región, el Nordeste brasileño, tradicionalmente afectada por largos periodos de sequía.

Este ejemplo muestra, una vez más, que la única forma de comenzar a resolver la crisis climática mundial es reducir drásticamente las emisiones de carbono del Norte. El establecimiento de grandes plantaciones industriales de árboles en base a un modelo agrícola tradicional, y el transporte de pastillas de madera a través del océano para hacer funcionar las centrales eléctricas del Reino Unido, no son más que otra falsa solución que crea simultáneamente nuevos problemas para las comunidades locales del Nordeste de Brasil.

Artículo adaptado por el WRM del original redactado por Winnie Overbeek, publicado en línea con el mismo título por Corporate Watch (www.corporatewatch.org).

 

La crisis climática y la devastación ambiental

Nuestro planeta enfrenta una crisis climática creciente, provocada por un modelo de desarrollo que destruye aguas, bosques, páramos, nevados y praderas; al tiempo que extrae descontroladamente el carbono fósil del subsuelo. Todos los países, a escala diferente, tanto los llamados industrializados como aquéllos con economías emergentes, son responsables de ello. Sin embargo, las consecuencias de este modelo desarrollista —y su impacto en el cambio climático y el equilibrio del planeta–— los viven de manera más fuerte los países más pobres y vulnerables del Sur global, en donde, sólo en 2010, unos 50 millones de personas se vieron desplazadas forzosamente de sus hogares por sequías, desertificación, erosión de los suelos, inundaciones, accidentes industriales y otras causas medioambientales.

Este documento busca ser un abrebocas para la próxima cumbre de la Tierra, Río+20, prevista para junio de 2012, la cual se espera sea una ocasión para plantear un modelo de desarrollo distinto, que garantice la equidad social y la reducción de los riesgos ambientales.

La última ola invernal dejó (a diciembre de 2011) más de 300 muertos y unos dos millones de damnificados en Colombia, país que ha sufrido en los últimos tres años catástrofes climáticas de gran impacto, que van desde las sequías prolongadas de 2009 y 2010, hasta las lluvias intensas que devastaron buena parte de la infraestructura del país e incrementaron la miseria de miles de familias en 2010 y 2011 —las cuales continuarán muy probablemente en 2012. El drama de las inundaciones y los aludes da cuenta de la rápida variabilidad climática, asociada en Colombia a un modelo de ocupación y manejo del territorio, a todas luces, inadecuado. De acuerdo con información del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales de Colombia, Ideam, en las últimas décadas ha aumentado en dos grados centígrados la temperatura promedio, lo que se acompaña de un brutal proceso de deforestación de las zonas andinas y del deshielo de los glaciares, los cuales, se estima, desaparecerán totalmente en las próximas tres o cuatro décadas, al igual que los páramos, que se perderán en un 75% durante el presente siglo.

Para justificar nuestra catástrofe climática nacional, el gobierno traslada la culpa a una “maldita Niña”,  fenómeno que, sin duda, ha agudizado el problema, pero no puede ser de ninguna manera señalado como único responsable del drama que vive el país ahora, como consecuencia de la ola invernal. Sin embargo, el gobierno nacional no adopta medidas reales para enfrentar las causas estructurales de la crisis climática, generada por el presente modelo de desarrollo y de producción rural, ni tiene en cuenta el impacto generado por la destrucción y utilización insostenible de los recursos naturales.

Desde el siglo pasado, los modelos productivos se han basado en la falsa premisa de que nuestros recursos naturales son inagotables; la ocupación de la zona andina y sus valles interandinos estuvo acompañada de la deforestación y cambios en el uso y vocación forestal de la tierra, hacia modelos de agricultura de monocultivos y ganadería extensiva, fundamentalmente en zonas de ladera. El campesinado es paulatinamente arrinconado a las cordilleras altas, y buena parte de la población marginada y desplazada del país ha sido forzada a vivir en los taludes de las carreteras, laderas y orillas de los ríos, como consecuencia de la concentración de la tierra en pocas manos.  Colombia presenta en esta materia un coeficiente Gini de 0.87, lo que nos sitúa como uno de los países del mundo más inequitativos en la distribución de la tierra.

Lo curioso es que mientras Colombia —literalmente— se ahoga, para la mayor parte de la población del país pasó inadvertida la reciente Cumbre de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, en Durban, Sudáfrica, conocida como reunión de las partes (COP 17), que finalizó el 10 de diciembre de 2011.  Esta reunión se constituyó en la “crónica de una muerte anunciada” de un proceso que venía agonizando desde las reuniones de las partes en Copenhague (2009) y Cancún (2010). En esta ocasión, los países más contaminantes tampoco quisieron ceder y continuaron acrecentando un círculo vicioso suicida. No existió voluntad política para llegar a un acuerdo a la altura de las circunstancias.

La reunión de Durban fue, en consecuencia, un completo fracaso. Estados Unidos (que no firmó Kioto) no se comprometió con nada. Rusia, Japón y Canadá no renovaron el tratado, puesto que no se logró que China, India y Estados Unidos asumieran compromisos reales, dado que estos países producen más de la mitad de las emisiones de Gases con Efecto de Invernadero (GEI). EUA no firmará un nuevo acuerdo global de reducción de emisiones de GEI sin una “paridad legal” con las potencias emergentes como China, India y Brasil. India obstaculizó un acuerdo legalmente vinculante en 2015, porque argumenta que sus emisiones por habitante son un tercio de las de la China. Canadá reafirmó que no asumiría un segundo periodo de Kioto, ni contribuirá al Fondo Verde, destinado a financiar esfuerzos contra el cambio climático en los países en desarrollo, “hasta que todos los principales emisores acepten objetivos de reducción vinculantes legalmente, así como una contabilidad transparente del inventario de Gases con Efecto de Invernadero”.

La Unión Europea logró que se aprobara el marco legal vinculante que sería adoptado en 2015 y entraría en vigor en 2020. En caso de que se avance en estos gaseosos compromisos y metas, ¿no será ya muy tarde para el planeta esperar ocho años? La prolongación del tratado no cuenta con el respaldo de Estados Unidos, de China ni India, los tres países que más CO2 emiten en la atmósfera. También se retiraron Japón, Canadá y Rusia, los cuales sí habían firmado el protocolo de Kioto. Esto significa un acuerdo débil, ya que sólo incluye a los países que emiten un 15% del CO2 mundial.  Amigos de la Tierra Internacional considera, con razón, que “posponer una acción real hasta 2020 es un crimen de proporciones globales”. Esta Cumbre ha amplificado el apartheid climático, en el que el 1% más rico decidió que es aceptable sacrificar al 99% restante.

El Fondo Verde quedó sin financiación, porque no hay voluntad política para fortalecerlo, y se teme que la crisis económica mundial actual limite los aportes de los países industrializados. Los planes para expandir los destructivos mercados de carbono siguen adelante. El Fondo fue “secuestrado” por los países ricos bajos sus términos, y se ha establecido para dar más ganancias al sector privado. Existe gran preocupación en el sentido de que el Fondo Verde se destine al financiamiento de proyectos que no respeten los derechos humanos, y que tengan un impacto negativo sobre las poblaciones rurales, financiando falsas soluciones al cambio climático como los cultivos de agrocombustibles o los programas de Reducción de Emisiones por Deforestación y Degradación (REDD).

Colombia, a pesar de las advertencias hechas por el presidente Santos, en cuanto a que no “no aceptaría una declaración ‘babosa’ para que todo el mundo quede contento” en Durban, su alta consejera presidencial para la Gestión Ambiental y el Cambio Climático, Sandra Bessudo, aseguró que “con los acuerdos logrados, Colombia tendría apoyo financiero para tomar acciones de mitigación y adaptación al cambio climático, y recibiría compensaciones por conservar sus bosques, además de apoyo a programas como REDD+”, es decir, se continuaría en  la línea de las falsas soluciones.

Por todo ello resulta fundamental apoyar propuestas como las de la Vía campesina, en el sentido de propugnar por la agroecología como una solución real contra el cambio climático; por una auténtica reforma agraria a favor de la soberanía alimentaria; la reestructuración de todo el sistema alimentario; el fin del control de las multinacionales sobre nuestros recursos genéticos y la soberanía de las semillas, con las que se puede mitigar el calentamiento planetario.

Grupo Semillas

 

¿Quién controlará la economía verde?

En diciembre de 2011 el Grupo de Acción sobre Erosión, Tecnología y Concentración (Grupo ETC) presentó su más reciente investigación ¿Quién controlará la economía verde?, un vistazo a los 18 sectores industriales relevantes en “la gran transformación tecnológica verde”1: agua, energía, semillas, pesca y acuacultura, procesamiento y comercio de alimentos, químicos, fertilizantes, plaguicidas, minería, farmacéutica, biotecnología, comercio de granos, plantaciones forestales y más. El informe incluye a quienes encabezan los nuevos sectores industriales y las tecnologías de punta: la biología sintética, el manejo de datos, la producción derivada de algas y microalgas y la genética animal. Los “amos” de la economía verde —sugiere el documento— serán quienes controlen las nuevas tecnologías y las materias primas que posibiliten transformar un mismo cultivo en papillas para bebés, combustible para automóviles o forraje para vacas. Una transformación que lo único que tiene de verde es la explotación absoluta y detalladísima de la biomasa, radicalmente lo contrario de cuidado, conservación y mantenimiento de los ecosistemas y la biodiversidad.

La economía verde, según el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, es “un sistema de actividades económicas que resulta en mejoras del bienestar humano en el largo plazo, sin exponer las generaciones futuras a riesgos ambientales […] Es caracterizada por un substancial aumento de las inversiones en sectores verdes, apoyadas por reformas políticas que sean instrumentales para esto. Estas inversiones, tanto públicas como privadas, ofrecen un mecanismo para la reingeniería de los negocios, de la infraestructura, de las instituciones y la adopción de procesos de producción y consumo sostenibles”.2

Esta definición (resumida aquí) no oculta el papel principal que las inversiones (léase los dineros de los poderosos) tendrán en la “reingeniería” del futuro de la humanidad. La economía verde es fantasma del ya de por sí deslavado desarrollo sostenible, y por lo tanto, un concepto más peligroso. Si los peores contaminadores tienen oportunidad de participar en los resbalosamente llamados “sectores verdes”, estarán a tono con la economía verde.

La investigación del Grupo ETC es una continuación de Los nuevos amos de la biomasa: biología sintética y el próximo asalto a la biodiversidad, publicado en español en mayo de 2011, pero detalla los objetos de la explotación y las relaciones entre las multinacionales que la llevan a cabo.

La red global de corporaciones. ¿Quién controlará la economía verde? describe cómo es que los jugadores corporativos más poderosos se alían para lograr posiciones de dominio en la economía verde. Consultando un estudio del Instituto de Tecnología de Suiza, nos enteramos de que únicamente 737 empresas concentran 80% del valor total del mercado mundial, según información de apenas 116 países. Esto evidencia que los actores corporativos, todos ubicados en los centros de poder económico, no realizan sus negocios aislados sino por el contrario, están vinculados en una red de control extraordinariamente estrecha. Este hallazgo permite esbozar por primera vez el entramado de la dominación económica planetaria, el contorno de una ‘súper entidad’ en la red global de corporaciones, que decide cómo y dónde proseguir con la explotación de los recursos naturales.

La explotación de la biomasa, reagrupa el poder. Es crucial desmantelar la falacia de la economía verde. Se promueve con imágenes icónicas de paneles solares, turbinas de viento o agricultura casera, pero las multinacionales no enfocan sus actividades allí. Las energías renovables no nucleares o derivadas de hidrocarburos representan sólo 1.8 % del consumo global, y casi toda esa energía proviene de la cosecha y quema de biomasa, ya sea para convertirla en compuestos químicos o directamente en combustibles. Según el Grupo ETC los reagrupamientos más significativos de empresas en la “economía verde” ocurren en torno a aprovechar la biomasa vegetal, en una supuesta “transición” a una economía post-petrolera, sin ajustar cuentas, realmente, con la civilización del petróleo, con los patrones de producción y consumo de los bienes (es decir, sin reducir emisiones).

A principios de la década de los noventa, la comercialización inicial de las tecnologías de ingeniería genética promovió una reorganización masiva de los sectores de semillas, agroquímicos y farmacéutica y la emergencia de gigantes en las “ciencias de la vida”, tales como Monsanto y Novartis. Hoy, tecnologías como la biología sintética están detonando otra ola de fusiones, adquisiciones y empresas de capital de riesgo compartido en torno a la economía de la biomasa. Hay nuevas alianzas entre jugadores tales como Dow, DuPont, BP, Shell, Exxon, Chevron y Total con los mega-gigantes de los granos, de las plantaciones forestales y de las semillas como Monsanto, Cargill, Bunge, Weyerhaeuser y ADM. Todas estas nuevas alianzas y nuevas empresas están asumiendo rápidamente roles estratégicos en la producción global de alimentos, energía, fármacos y nuevos materiales. La reunión de Río+20, para la cual se ha venido puliendo el concepto de economía verde, y La gran transformación tecnológica verde3, puede convertirse, “en el mayor asalto corporativo y tecnológico, en el mayor despojo, desde la Conquista de América”.

En la ideología de la economía verde, el acaparamiento de los recursos se argumenta a partir de querer alcanzar una “seguridad” en el abasto de materias primas, frente al caos climático y la pérdida de biodiversidad. La adquisición de recursos naturales estratégicos incluye la tierra cultivable, las materias primas a granel, los minerales metálicos y no metálicos y ahora, también, el material vegetal genérico en calidad de reserva de biomasa.

La economía azul, también bajo control. Los océanos y ecosistemas acuáticos representan 71% de la superficie del planeta. Corporaciones de energía y químicas como DuPont, Statoil, DSM, Exxon, Mitsubishi, Monsanto, Chevron y el gigante de los astilleros Stolt Nielsen se enfocan hacia lo que se encuentra en esa inmensa superficie, la biomasa marina y oceánica, para producir nuevos azúcares y combustibles que sirvan a la economía de base biológica. Para ello proponen la explotación en gran escala de las algas, microalgas, peces de los mares y toda la biodiversidad acuática que hay en los lagos, riberas y estuarios costeros.

Contra la moda de achacar al capital financiero todas las razones de las crisis, el informe del Grupo ETC sobre la economía verde coloca en el centro del problema de la devastación del planeta el capital industrial. En medio de la crisis económica, los diversos sectores industriales siguen logrando ganancias, incluso con cada vez menos dinero, inversiones, trabajadores. La economía verde no propone otra forma de vivir, sino explotación de los recursos hasta sus últimas consecuencias. ¿Quién controlará la economía verde?, deja bien claro que la explotación de la naturaleza (y de las personas) sigue siendo la única fuente de ganancias. Las grandilocuentes apuestas tecnológicas deslizan la idea de que se puede hacer con la biomasa cualquier cosa, pero que la humanidad sobrevivirá. Y que la única forma de sobrevivir es la privatización de todos los metabolismos y reservas naturales y estratégicas, es decir, entregar a la súper entidad tecnológica y corporativa la capacidad reproductiva del planeta.

La amenaza de muerte, de los ecosistemas y de las personas ante la convergencia de crisis, desata ambiciosas especulaciones científicas y tecnológicas, y se nos quiere chantajear ante el miedo, como si la economía verde fuera nuestra única salida al futuro. Ese chantaje se apuntala con el desmantelamiento de las instituciones nacionales e internacionales de vigilancia y prevención. Pero tecnología no es sinónimo de futuro: ni del futuro de la naturaleza, ni del futuro de la humanidad. ¿Quién controlará la economía verde? hace un esbozo de un monstruo tangible. l

 

Verónica Villa

El informe se encuentra en

http://www.etcgroup.org/es/node/5298

Notas:

1 La gran transformación tecnológica verde, en el Estudio económico social y mundial 2011, Organización de las Naciones Unidas, Nueva York, 2011.

2 PNUMA, Oficina Regional para América Latina y el Caribe, Elementos de carácter general que pueden ser utilizados por los Ministros y Jefes de Delegación para el Intercambio sobre Economía Verde, UNEP/LAC-IG.XVII/4, Martes 16 de marzo de 2010

3 Ibid.